Sabías que la tensión en ese patio no podía quedar en el aire, y aquí estamos para revelarte cada detalle de lo que el silencio ocultaba.
El aire en el patio de la prisión central no era como el de afuera.
Aquí, el oxígeno se sentía pesado, cargado de un olor metálico a sudor, tierra seca y un miedo latente que nunca terminaba de irse.
Kenji no parecía notar nada de eso.
Él estaba en su propio mundo, un pequeño rincón de concreto agrietado cerca de la valla perimetral, donde el sol de la tarde pegaba con una fuerza implacable.
Sus movimientos eran lentos, casi poéticos.
Estaba practicando una forma antigua de Kata, una danza marcial que sus ancestros habían perfeccionado durante siglos en tierras muy lejanas a esta celda de castigo.
Para los demás reclusos, Kenji era simplemente «el chino», aunque sus raíces fueran japonesas.
Era un joven delgado, de hombros anchos pero figura grácil, que prefería los libros y el silencio a las bandas y el contrabando.
Nadie sabía realmente por qué estaba allí, y en la cárcel, el misterio a veces es una protección, pero otras veces es una invitación para los depredadores.
Y el depredador más grande de ese sector acababa de fijar su vista en él.
«El Tanque» era un hombre que parecía haber sido esculpido en piedra y odio.
Con casi dos metros de altura y una espalda que bloqueaba la luz del sol, se movía por el patio como si fuera el dueño legítimo de cada centímetro de grava.
Sus tatuajes narraban una historia de violencia y años tras las rejas, una cronología de cicatrices que reclamaban respeto a través del terror.
Cuando El Tanque se detuvo a solo unos pasos de Kenji, el ruido ambiental del patio —los gritos, los rebotes de la pelota, el murmullo de las apuestas— se desvaneció de golpe.
Los otros presos, veteranos en detectar el aroma de una pelea inminente, comenzaron a formar un círculo informal, manteniendo una distancia prudente pero hambrientos de espectáculo.
—Oye, Bruce Lee —gruñó El Tanque, su voz sonando como piedras chocando en el fondo de un pozo—. ¿Quién te dio permiso para bailar en mi zona?
Kenji no se detuvo de inmediato. Terminó el movimiento, bajando las manos lentamente hacia sus costados, exhalando un suspiro largo y controlado.
Solo entonces giró la cabeza para mirar al gigante. Sus ojos estaban tranquilos, una calma que en lugar de apaciguar a El Tanque, pareció enfurecerlo más.
—El sol sale para todos, señor —respondió Kenji con una voz suave, pero que se escuchó con claridad en medio del silencio sepulcral—. Solo estoy usando un rincón que estaba vacío.
—Nada está vacío aquí si yo digo que es mío —replicó el gigante, dando un paso al frente que hizo que la tierra crujiera bajo sus pesadas botas—. Y ahora mismo, este suelo es mío. Tus zapatos son míos. Y esa calma tuya… esa me la voy a cobrar en sangre.
Los murmullos empezaron a subir de tono. «Dale una lección», gritó alguien desde las sombras de la galería.
Kenji no se inmutó. Sus pies se ajustaron milimétricamente sobre el terreno, buscando el equilibrio perfecto, ese punto donde el cuerpo se vuelve uno con la gravedad.
—No busco problemas —dijo el joven—. Solo busco terminar mi práctica. Hay mucho espacio en el patio para que usted sea el rey sin necesidad de interrumpir a quien no le hace daño.
—El problema es que me aburres —escupió El Tanque, cerrando sus puños del tamaño de mazos—. Y cuando me aburro, me gusta romper cosas. Especialmente cosas que parecen tan frágiles como tú.
El gigante lanzó un zarpazo rápido, tratando de agarrar a Kenji por el cuello de su camiseta gris, un movimiento destinado a humillarlo frente a todos antes de comenzar la verdadera paliza.
Pero Kenji no estaba allí.
Con un movimiento que pareció un parpadeo, el joven se deslizó hacia la izquierda, dejando que la mano del gigante solo atrapara el aire caliente del patio.
La humillación de fallar un golpe tan simple frente a toda la población penal fue la chispa que encendió la pólvora.
El rostro de El Tanque se puso rojo, las venas de su cuello se hincharon como serpientes bajo su piel y un rugido gutural escapó de su garganta.
—¡Ahora sí te voy a deshacer! —rugió el gigante, lanzándose con todo su peso hacia adelante.
Fue en ese momento exacto cuando la atmósfera cambió. Kenji ya no era el joven tranquilo que leía en la biblioteca.
Sus ojos se afilaron, su postura se hundió y el aire pareció vibrar a su alrededor mientras el gigante se le venía encima como una avalancha de carne y músculo.
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